La sabiduría de Tony.

A Tony  lo compré en el parque del pueblo por unos pesos que resultaron muy poco dinero por toda la sabiduría de un perro callejero. Era de tamaño pequeño como su nombre y de un pelo abundante, en el que se enredaban toda clase de cadillos. Viajaban en el sus pulgas  y una que otra garrapata que recogía en los potreros. No provenía de “buena familia”, ni tenía pedigrí, pero las enfermedades que a los perros “finos” los llevan a la tumba, a él no le pegaron.

Tenía una cara recogidita que ladeaba para expresar cariño y casi hablar con su mirada; conociendo su nobleza, uno se atreve a pensar que,  lo que se ha dicho sobre estos animales como los mejores amigos del hombre, es algo más que una frase de cajón.

Tony murió un día de agosto del 2000; alcanzó a poner sus patas menudas de andariego sobre el tercer milenio. No regreso de una de sus “transperrancias” nocturnas por el pueblo porque su vida la apagó un veneno que resultó más grave que todas aquellas cosas que como perro de la calle le habían pasado.

Se perdió y, a los dos días, nuestros ojos extrañados lo descubrieron por el revoloteo de los gallinazos. Por respeto a su memoria no quiero acusarlo de “canequero”, pero, como sus cuatro patas eran más de la calle que de la casa, tampoco  puedo afirmar lo contrario.

Detestaba el baño con agua potable y manguera, pero le encantaba  el agua libre de los arroyos y los pantanos sobre la que se lanzaba loco de alegría.

Como todo perro en cada salida orinaba aquí y allá sobre los muros,  marcaba y envolvía por sus cuatro flancos con sus orines un espacio que gracias a ese aroma convertía en su pequeño país, cuyos límites mantenía con los pases mágicos de su vejiga y con la pequeña furia de sus colmillos.

Conocía los rumbos de los vientos de la calle, y con la habilidad del que consulta un oráculo antiguo leía en el aire cuando había que huiro atacar.  Esos vientos a veces le traían olores de hembras en celo que lo  paralizaban  y  obligaban a marchar en su búsqueda.

Tony era un “filólogo”, entendido en lenguas vernáculas y extrañas. Cuando  detenía su marcha, con su olfato misterioso -ese don celestial de los perros-, descifraba los signos dejados por sus congéneres y a veces con un cierto ademan pendenciero, levantaba la pata trasera, borraba lo escrito y escribía con su órgano viril lo suyo sobre el muro. Y así con la disciplina de un cronista de la conquista, distribuía la carga de su vejiga durante todo el recorrido y escribía y escribía… y contribuía a que este pueblo fuera una telaraña de grafitis, sólo legibles por los hocicos húmedos de los perros.

Tony era de sol y era de sombra, era de la calle y de la casa, su agonía empezó en la calle y terminó en la casa y quedé con tristeza al no saber por dónde suben aquellas almas tiernas al cielo para haberle deseado un buen viaje a mi perro.

Jorge Vásquez  C.

Ciudad Bolívar Antioquia. Agosto de 2000.

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